16-07-2009

Veintisiete

Parece que el amarillo accedió a tu grandeza. Y tu grandeza es demasiado grande para mi metro noventa. Rodé y me aparté rendido. Y ya nadie me conocía. Es que tenías todo tan asegurado y prometido: el camino visto y remirado y resaboreado hasta la tercera parte. ¡Es que nunca hubiese caminado tan seguro luego de eliminarme tan fácil en dos bocas! Y yo caí a la seguridad de tus brazos cortos pero imaginariamente torrentosos y a esa hermosa corta-vista de telar con motivo indigenista.
...Y nos zambullimos en las ZetaZ de mi hermana chica, no querías celebrar pero hice lo que pude. Accediste a medias. No sabía que te ibas a ahogar con mi voz, y eso que intenté tener tesitura y ritmo y oximoron, sobre todo ritmo. Que apareciste bailando y besando, y me mataste, me mataste de la vergüenza. Cuando tu corazón explote, escribe en un pedacito mi nombre. ¡Por favor! El mío ya estaba todo escrito, y cada uno de los miles de pedazos grabaron a la tinta roja la calle del norponiente, con la serpiente de tu inicial. Y me mataste, me mataste.
No sabes cuánto me entristezco cada vez que recuerdo los veintisiete segundos pasados. Son veintisiete segundos moribundos. Y no me ocurre todos los días, sino que a cada segundo. En uno y me encuentro 27 veces preso de la desolación del apartarme que te fue tan simple. No me niegues, mi querido Judas: que la saliva de mis labios caminó siempre de la mano de ese anillo pecador que no pensó en los cuatro caminos de plegaria y sacrificio. Ni los cuatro que había firmado seguro de un futuro entrambos.
Caminé a la altura de tus hombros y me rocé con la intensidad de tu aliento. No me afirmaste. Y me caí de tus hombros. Y me miraste con dos ojos virtualmente excitados y de plástico. Y me mataron. Me mataste con ese suplemento que no conocía. Y yo no quería ese suplemento ni ninguno. ¿Es mejor que sobre o que falte? Nada. Perfecto.

Y me tropecé a la mitad. Pero seguí.

Retocé al nivel de tu mandíbula y me encaminé al centímetro más íntimo de esa ruta ya reprobada. No me ocultes- supliqué. Y sacaste la voz. Pero no lograste escucharme. Camina al mundo. Yo soy tu mundo entrecorchetes. Seré el paréntesis más infinito de tu miserable vida.
Y lloré al amanecer del resfrío de tu olvidarme ese veintisiete.

Y el lamento se volvió mi rutina. Tú te volviste en los árboles nativos, en las luces de color y en las lanchas del mar. Y yo sólo me vomité por dentro.
Lo siento pero no podré abrazarte por millones de años ni ir al fin del mundo por ti. Ni siquiera esperaste a quel sol se rehusara a brillar ni que las montañas se derrumbaran al mar. No alcancé a mejorar mi voz. No alcanzaré a cantarte. No hablábamos música, parece. Una pregunta retórica: ¿alcanzaste a hacerme un espacio? Y sigues sin explotar.

Y el otro día no más caminando entre tubos,
y el otro día no más saltaste sobre mí,
y el otro día no más nos embarcamos al fin,
y el otro día no más hace segundos,
y en un segundo no más
me mata-
S
te.